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jueves, 5 de agosto de 2010

Berlín Berlinero, cómo llegar

Son las 03.44am. Viernes 5 de Agosto. Una fresca noche en Berlín.
Es hora de contaros, al menos un poquito, como ha sido todo esto desde que llegué.
Tras mi última actualización, me levanté para marchar a barajas con una ligera resaca. De nuevo marchando rumbo a Madrid, llegamos al aeropuerto donde, tras una hora esperando en atención al cliente, pudimos facturar y embarcar.
  Un total de 7 horas en el aeropuerto (fuimos muy pronto) hasta coger nuestro vuelo a Berlín, que llegó con retraso. Entre sueño y sueño pasaban las horas y nuestra preocupación crecía, pues íbamos a llegar muy tarde y aún teníamos que apañárnoslas para llegar hasta nuestra casa desde el aeropuerto de Tegel. A todo esto, claro está, sin tener ni idea de alemán y sin haber cenado.

  Llegamos por fin, empezamos a ver trocitos de calles berlinesas desde el aeropuerto. Buscamos un supuesto autobús línea 109 que tenemos que coger y lo encontramos gracias a una simpatiquisisisisisima pareja alemana que viaja en la misma dirección que nosotros y que nos acompaña durante medio trayecto. Más tarde, en el metro, hablamos con ellos (obviamente, en inglés) sobre la victoria de España en el mundial y diversos temas interculturales. Nos dejan en otra parada en la que tenemos que hacer trasbordo. Llegamos a un metro tercermundista donde otra pareja de alemanes vuelve a orientarnos. Abandonamos el metro y estamos, supuestamente, en la calle de nuestra casa…pero no sabemos cómo llegar. Y de nuevo, otro amable berlinés se acerca a ayudarnos sin ni siquiera pedirle ayuda: nuestros planos esparcidos por el suelo son una perfecta señal de que no sabemos dónde estamos. Nos orienta y caminamos por fin rumbo a casa. Bueno, a todo esto: puede pareceros algo fácil y sencillo, pero se me olvidaba comentar que, aparte de ser medianoche y no haber comido, íbamos arrastrando un par de maletas de 20kilos… y en los metros berlineses no abundan las escaleras mecánicas.
  Por fin damos con el portal número 8 de nuestra calle (escribiría el  nombre, pero no me lo he aprendido) y llamamos a nuestro nuevo hogar. Nos responden con un alegre “Hallo!” y entramos. Un precioso piso antiguo con una alfombra roja y muuuuuuuuchas escaleras ascendentes por las cuales tenemos que arrastrar nuestras maletas otra vez. Llegamos al quinto piso sudando a chorro y nos recibe una amable mujer de mediana edad, con pelo tirando a canoso y gran sonrisa. Nos recibe disculpándose por no haber podido venir a recogernos al aeropuerto y nos ofrece algo de beber, todo en un perfecto inglés. Nos da agua con gas y veo el asco en la cara de Sheila. De repente nos dice que nos toca cargar con las maletas de nuevo: hay más escaleras de camino a nuestras habitaciones. Pensamos nosotras que el piso sería un dúplex. Pero no. Resulta que nuestra amiga Antje (Ana en español) tiene un pequeño apartamentito anexo a su casa, recién restaurado, totalmente nuevo y amueblado todo con las últimas colecciones de IKEA. Y es más, lo estrenamos nosotras, somos sus primeras huéspedes. Se despide de nosotras para dejarnos descansar. Sheila y yo empezamos a fliparlo y corremos de un lado a otro dando gracias a Dios y a los ángeles por habernos bendecido con semejante familia/casa alemana: tenemos un piso (delujo) para nosotras solas y encima una familia amable de la que podemos tirar en caso de emergencia pero de la que no hemos de depender. Mejor imposible. Ahora llega el momento en el que el agotamiento nos puede y, tras una buena ducha, nos vamos a la cama. Pero estamos tan emocionadas que no podemos dormir y de vez en cuando alguna suelta alguna expresión de júbilo alegando nuestra dicha. Ya entrada la madrugada, esas cómodas camas de IKEA nos conducen al sueño…
  Despertamos a la mañana siguiente, toca ir al colegio a las 8 y media. Tenemos de nuevo más suerte: el colegio está a 15 minutos andando de casa y en línea recta, no hace falta ni metro (a diferencia de algunos de nuestro compañeros que han de recorrer una hora de metro para llegar a clase). Llegamos y descubrimos que Sheila tiene turno de tarde y yo de mañana, lo cual jode nuestros planes. Conocemos a un grupo de españoles (como no) que en el futuro (más bien dicho: presente) se convertirán en nuestros compañeros de aventura. Tras unos breves instantes de conversación, decidimos pasarnos todos al grupo de tarde alegando: “aquí nos quedamos todos sin siesta o la puta al río”.
  Vamos a hacer la compra al Lidl de al lado de casa (amamos el Lidl) con nuestro amigo Andrea, un suizo muy simpático que me riñó por comprar queso Philadelphia para la pasta: sus raíces italianas le hacían odiarme por no saber cómo cocinar spaguettis con mozarella. Comemos rápido en casa (pasta, como no, no olvidemos que seguimos siendo estudiantes) y vamos corriendo al colegio: nuestra primera clase comienza a las 2. Nuestro profesor, Edgar, es un cachondo. Y, sorprendentemente, conseguimos aprender alemán, poco a poco, pero lo hacemos. Ahora tenemos a otra profesora, Marion, más aburrida, pero bueno… El lunes vuelve a venir Edgar que onomatopeyiza absolutamente todo y te explica lo que no entiendes con pantomimas. Hemos aprendido la conjugación de verbos regulares, el verbo ser, varias formas básicas de presentación, posesivos, artículos, pronombres, el abecederio y los números del uno al diez (el 6, misteriosamente, se ha hecho muy famoso entre nosotros).
  Entre nuestro recorrido turístico actual se encuentra el muro de Berlín, la puerta de Branderburgo, Alexander Platz, la torre de la televisión, la catedral y alguna cosa más. Aquí el metro es genial: aún no hemos comprado ni un billete, aunque deberíamos hacerlo por si algún día algún revisor nos lo pide. El tiempo acompaña: ni frío ni calor, alguna ligera lluvia pero de las que no molestan. Ya he probado la cerveza alemana y tras medio litro bebido en un enorme vaso, puedo decir, con una ligera sonrisa etílica en los labios, que está buena. Pasamos un par de horas hablando con Antje (cuyo piso parece más bien un loft neoyorquino) y después pasamos media noche con su hijo, Martin, recién venido de la Marina y obsesionado con tunear su coche. Nos presentó a su amigo: Benjamin, un chico peculiar (sin más…).
  Aquí la gente es amable. Empezar con el alemán no ha sido tan terrible como pensaba. Además Berlín no es excesivamente caro. Los amigos españoles que hemos encontrado aquí son gente singular que conoces un día y al siguiente están cenando tortilla de patatas en tu casa (es más, te la cocinan ellos y luego te friegan los platos). Llevo aquí tres días y me ha costado la mitad de la mitad adaptarme a esto. Sencillamente no puedo menos que decir que es genial y que creo que esto será una gran experiencia.
  Las 4.07, corto la transmisión. He de seguir con el videoblog, pues no dejamos de tener problemas técnicos consecuencia de nuestra mala y escasa conexión a internet y de dificultades de formato con mis editores de vídeo que me están obligando a volver al Movie Maker (sí, es muy cutre).
  Contadme algo de España, ¿mucho calor?
Auf Wiedersehen ¡! Kuss!

1 comentario:

  1. En España el calor se puede hasta masticar T_T'
    Me aleeeeegro mucho de que lo estéis practicamente flipando con vuestro apartamento de ikea, jaja!

    Un beso para las dos :)

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